Vesre

Fui movido por la costumbre. Esa costumbre que inexorable mueve hombres y mueve naciones. Aquella tarde de domingo me movió de nuevo al recinto. Crucé aquel patio que precede a la entrada, verdadero atrio de un templo pagano consagrado a la música. A la izquierda el museo, con su modernismo que se abalanza sobre los paseantes, a la derecha las aulas. Luego aquel puente que cubre un fondo selvático. Después las puertas, las escaleras y el asiento 9K. No hay mejor sitio para apreciar las ventajas acústicas del lugar: las vibraciones sonoras rebotan y confluyen precisamente en el centro neurálgico del 9K, mi lugar.

Me siento. Y pronto me acaricia la nariz un dulce pedo. Una mujer de amplias posaderas cruza la fila de enfrente. Pecando contra Hume, infiero causalidad por correlación: ha sido la bendita señora que mandó un pedo floral como ujier para anunciar su entrada y apartar su asiento, el 8K, justo frente a mí. Le sonrío aguantando el aliento mientras imagino al siervo bueno y fiel retornando por las anchas puertas que lo soplaron. Pero debe ser un criado recién empleado, enviado hace no más de algunas horas, porque se le percibía fresco y ligero, casi empolvado, aristócrata. De llevar mucho tiempo encerrado en ese castillo-baluarte-mausoleo, seguro que tendría un tufillo húmedo, más rancio. Debe ser entonces una ventosidad auspiciosa, un viento joven, prácticamente evangélico, augurándome un concierto agradable. Pero basta de flatus vocis. Una repentina lección de filosofía presocrática interrumpe mis disquisiciones sobre pedos ajenos. De reojo veo el rostro de mi tan bien anunciada vecina. Veo la fachada que me habían sugerido ya los inciensos intestinales de aquella catedral humana: su rostro empolvado, aristócrata; su sonrisa auspiciosa; sus dimensiones palaciegas. Como las homeomerías anaxagóricas, la totalidad de mi vecina ya estaba contenido en sus pedos. Y recuerdo aquella sentencia empedocliana que insinúa que sólo lo semejante conoce lo semejante. Nos imagino a ambos nimbados por sendas auras vaporosas, conectadas por una línea flatulenta que une mis fosas nasales con los gigantescos portones ebúrneos de sus nalgas. O quizás somos aquellas mitades aristofánicas que eternamente buscan la unidad primigenia. O lo contrario, aquellos opuestos heraclíteos que se atraen y causan la vida y la muerte y la generación y la corrupción. Y casi pude ver la energía kármica transmitirse lentamente sobre los hombros de ese Atlas que era el 8K, sepultando el hilo negro flatulento que nos había unido íntimamente. Un titán soportando a cuestas aquella esfera parmenídea soportando a su vez aquel monumental edificio que era mi vecina de enfrente.

Vecina de enfrente. Qué mote más vulgar para tan compendioso y omniabarcante mamotreto filosófico. El nombre se me revela como bajado del cielo: Mamá Treta. Y al por fin sentarse frente a mí, una epifanía nívea trasladó mi atención del ahora invisible trasero a la brillante corona de Doña Treta. Porque la luz de los reflectores atraviesa de luz sus delgados cabellos, peinados en un voluminoso crepé, y se me figuran una nube en el mero centro del escenario. En ese preciso instante, el director hace su entrada y se posa en la nívea nube de luz nimbada que corona a mi bienaventurada vecina. Casi no puedo contenerme de la emoción. Nunca se me ha augurado un concierto más propicio. Mientras el recinto se preña de silencio y oscuridad, me inclino en el 9K, a centímetros del cumulonimbus piloso de la Madonna Treta, para incluir a la orquesta también en su alfombra marmórea.

La batuta del director se mueve fugaz. Empieza el oleaje misterioso de los violines. Nunca he entendido el inicio de ese concierto de Sibelius, porque de inicio no tiene nada. Como si el auditorio sorprendiera a los músicos a medio ensayo. Uno aparece de repente en una barquilla en el océano, una piccioleta barca a la merced de la tempestad. Es un in medias res, la antístrofa coral que previene al héroe del peligro que se avecina en la tragedia. Y el héroe presto responde con la voz trágica del violín (y es que no hay voz más trágica que la del violín, porque es la misma voz humana, quejumbrosa, quejicosa) Su respuesta es una reflexión altiva, una verdadera disquisición musical sobre su tragedia individual que es la nuestra universal. Y como inicia a la mitad, ya sospecha el héroe su destino fatal, monologa sobre el peso de la culpa y la fuerza del destino; y he aquí que una nube adivina el sol. ¡Ha encontrado el héroe una razón que lo redime! Pero no era más que una maña injusta de los dioses, y el héroe se derrumba en el suelo. Después el frenesí: un soliloquio desesperado, clamando a los dioses por su crueldad, y el coro de las cuerdas que interrumpidamente pretende aleccionarlo sin éxito. Hasta que, en la cúspide de su lamento, el héroe-violín rompe en llanto y, entonces sí, el coro-orquesta de violines primeros, violines segundos, violas, violonchelos y contrabajos aprovecha ese último sollozo atiplado para intervenir con intensidad aleccionadora. “Tu error trágico es la soberbia cegadora que ha causado la ira divina” Y las mujeres-clarinete lo secundan en un eco y los ancianos-corno secundan al eco.

Entonces el héroe-violín recuerda aquella isla de los bienaventurados donde era la plenitud. Y el coro empatiza: “Fuiste feliz y te admirábamos” “No había culpa en mí. Era amigo del ciervo y el clavel. No había culpa en mí. ¿De quién era la culpa?” Pero no era más que una maña injusta de los dioses. “No había culpa en mí. ¡La culpa es de los dioses!”

“¡Blasfemia! ¡Anatema! ¡No hay redención para los necios!”. Rasgando las cuerdas ferozmente, el coro se rasga las vestiduras. Los niños-flauta se burlan bailando alrededor del héroe derrumbado. Por un instante lo dejan rumiando su desgracia. Pero ahora la tempestad crece, la muchedumbre vociferante lo rodea, lo pisotea, sepultando las palabras que grita desesperado. Lo ha perdido todo. De sus ojos caen lágrimas acerbas. Casi puedo verlas, a través de las que nublan los míos.

El silencio me sorprende. El eco de mis sollozos resuena en la bóveda y rebota en las columnas y regresa a mí amplificado. Estoy arrodillado. Y el segundo acto-movimiento me sorprende así, arrodillado y sollozando. ¡El héroe se ha reconciliado con los dioses! En la bóveda de las altas columnas le han concedido una audiencia. El héroe nos canta su apología: “Mi canto fue puro como el de las aves canoras en la isla bendita” Por un momento los ceños fruncidos se relajan. Pero la voz trompetosa del dios de la venganza siembra la duda y la discordia en el concilio divino. Mas el canto del héroe ha conmovido los corazones fríos de los dioses. La voz disonante abandona la bóveda de altas columnas. Los dioses sonríen al héroe e inclinan misericordes sus cabezas.

Pero no era más que una maña injusta de los dioses. El eco tremulento de una cabalgata ingente rompe el silencio en la bóveda vacía. La caballería celestial ha salido de los establos liderada por el dios de la venganza y la mentira. Se regodea en su injusticia, en su cabalgadura alada que sopla tempestades y resuella sangre. El héroe huidizo se esconde de ciprés en ciprés, de roca en roca, pero el coro lo interpela mezquino y traiciona su escondite.  

No más mañas de los dioses. Me levanto decidido a salvar al héroe. Solo nos separan 8 líneas enemigas de dioses en sendas cabalgaduras. Está en peligro inminente. El dios de la venganza blande un dardo ponzoñoso para envenenarlo. Mi primer obstáculo es una valquiria coronada de nubes que me bloquea el camino en su cabalgadura altiva. Al apartarla bruscamente traiciono mis intenciones y los dioses me sujetan, jalan mis vestiduras, vociferan y escupen. Pero estoy harto de sus injusticias. La fuerza del héroe me ha insuflado fervor y me ha transfigurado. Puedo adivinar mi semblanza pavorosa reflejada en las caras asustadas de los dioses que no esperaban rebeldía entre sus filas. Llego al pie del acantilado donde está el héroe indefenso frente al dios de la venganza, que mueve fugaz el dardo letal para no traicionar el punto donde lo apuñalará. Pero justo antes de que lo logre, aterrizo de un salto en medio de ambos. Tomo el dardo envenenado y lo ensarto en la garganta del dios de la traición, que me mira con ojos inocentes. Y me doy cuenta.

Eñe

Περἰ ἀναισχυντίας

Despertó de nuevo con aquella flema reseca en el cogote, un demonio aferrado a media garganta, mordiéndole la tráquea por dentro toda la noche hasta que la escupe en el escusado. En el agua flota un bodrio ensangrentado, de color amarillento, venas negras y escarlata, el vástago de sus revolcadas húmedas con demonios nocturnos que el sol reseca cada mañana. 

El perro duerme, siempre duerme, y las páginas vacías, siempre vacías. El sol se mete con insufrible tenacidad por los resquicios de las ventanas, despertando al polvo de su sueño lánguido. Maldito el sol y su sonrisa chismosa, maldita su luz que esconde a la luna, esa luna fría y húmeda que se ocupa de lo suyo y nada más. Era su única amiga. Eñe y la luna, con su semblante cetrino, la única capaz de responder su silencio con uno aun más indiferente. 

Bajo el sol no hay libertad. Nihil novum sub sole, porque el sol todo lo ha visto con su mirada ingrata, que todo lo escudriña sin invitación y sin vergüenza. Eñe y el sol, su enemigo más entusiasta, sol invictus. Mientras exista el sol sus páginas se quedarán vacías, secretas, la única victoria posible frente aquella estrella que todo lo desvela. 

Es en el crepúsculo, cuando muere la luz y el sol se retira a acosar otros mundos, es ahí cuando Eñe adivina una palabra, solo una, la que podría por fin rasgar con su plumilla sobre el papel amarillo que lo espera. Es siempre la misma. Llega cuando el último destello naranja del enemigo agoniza en el horizonte. Eñe se sienta y el polvo lo abraza con reposo. El frasco de tinta contiene mundos y promesas. La plumilla brilla con un destello lunar que entra tímido por la ventana. Son la luna y Saturno que lo invitan a dialogar en silencio, como cada noche, como todas las noches. 

La palabra se disuelve en su memoria. No volverá hasta el crepúsculo, para morir de nuevo con la luna y Saturno. 

Despertó de nuevo con aquella flema reseca en el cogote… 

Una vejez…

Leonardo Da Vinci, «teste grottesque», 1494.
Tengo miedo a una vejez
de calva enfermiza
de uñas amarillas
de ruinas de dientes
No quiero el temblor involuntario
Ni la arruga profunda
Ni la boca balbuceante
Ni la voz inaudible
Quiero la mirada simple
Y la sonrisa sensata
La postura apacible
Y la energía reposada
Tengo miedo a una vejez
Que me acompaña siempre
Más muerte que vejez
Menos vejez que la nada

intríngulis cubano en minúsculas

soñando contigo queriendo que se cumpla nuestro idilio dice la canción pero qué idilio qué es idilio suena a vigilia pero si sueña debe ser nocturno el idilio porque los idilios o son nocturnos o son veraniegos, y qué mejor si es una noche veraniega, entonces es idilio nocturno veraniego con luciérnagas que si uno lo piensa en realidad andan anunciando que quieren coger pero porque son de ambiente húmedo y como que entre el calor y la humedad uno se quiere desvestir y de desvestirse a coger pues no hay tanto trecho que a besos yo te levante al rayar el día porque el día raya como vil crayón y rayando el día es tiempo de besos levantones como blancanieves y el príncipe que ya a nadie le parece romántico que un metrosexual con pantalones ajustados ande besando viejas dormidas en el bosque porque no hay consentimiento y que el idilio perdure siempre al llegar la noche y por qué la noche? la noche es tierra de íncubos de súcubos de pulular espantar y cosquillear de esconder los pies en las cobijas ah pero también es tiempo de amar según la canción qué cosa tan rara amar en la oscuridad escondidos todo es culpa de dante pero ahora la gente lo hace en la oscuridad o será por la luna? porque los enamorados le habla a la luna es la madrina del amor pero también de las criaturas de la noche y por eso la luna une al amor y la noche y cuando venga la aurora llena de goce la aurora mata la noche pero no mata la luna porque si se fija uno con cuidado ve la luna en un día claro más blanca que nunca o quizás se ve más blanca porque es de día y la aurora no mata a la luna entonces deben ser amigas iris y selene debe ser raro para la luna ser amiga de las dos tener que soportar a las dos una sacando a la otra y la otra matando a la tarde porque si lo piensa uno en la tarde también se ve la luna entonces debe ser su amiga pero la tarde y la noche esas no se amigan porque no andan juntas se fundan en una sola tu alma y la mía eso si que no estoy seguro lo de fundirse porque a menos que el alma sea de metal debe ser doloroso andar fundiendo almas y no estamos como para experimentar porque bueno si uno puede fundir varios metales también puede fundir almas distintas no? y seguro a uno le toca un quilataje mejor que a otro imagínate que mi alma es de 24 quilates suponiendo que es de oro porque suena padre decir tengo alma de oro no? pero si la fundo con una de 18 quilates pues salgo perdiendo porque pierdo lo que viene siendo pureza de alma y uno sabe que la pureza de alma es lo que lo hace a uno bueno como a blancanieves no? aunque ya sabemos que ella termina tirada en el bosque a la merced de los elementos y príncipes cogelones por eso no me late lo de andar fundiendo tu alma y la mía

parapaparara papa papa papa paraira

Pececillos

Dürer – Melencolia I

Las manos brillan al reflejo de la pantalla blanca, manos de un ceño fruncido y unos dientes apretados. Pensamientos vagos y volátiles que van y vienen como peces diminutos en un recipiente demasiado pequeño. Conversaciones que retumban en los oídos y que se pierden en el tiempo y la memoria, que alimentan a los pececillos y los vuelven locos de furor. Anhelan el silencio, anhelan la belleza. Pero ¿qué es eso? Los pececillos tienen cerebros insignificantes y no conocen lo que están destinados a nunca alcanzar. Belleza, silencio, soplos de voz que nadie nunca ha conocido como Dios los conoce. ¿Habría belleza sin los pececillos que la desean? ¿Habría silencio sin las conversaciones molestas?

Ingenuos vecinos, hablando de amor y quimeras semejantes. Un pie que empuja tu espalda y un rostro moreno que nunca quisiste ver te confirman que esto es absurdo. Es aquí donde realmente sabes que la existencia nunca ha tenido sentido alguno. Una tableta brillante que prorrumpe a carcajadas y los ojos del moreno que se arrugan al reír. Lo desprecias desde el fondo de tu ser porque no es como tú, porque no puede ser como tú, porque no quieres que sea como tú. Maldito estás por lo que sea que te diseñó. Fue la paradoja más torcida, la más triste y lastimosa la que te ha engendrado. Vástago lastimero de un ente despreciable, te ves ahora en tu mezquina realidad. Pero aceptarlo te da la seguridad que siempre anhelaste, saberlo es el alimento que por fin calma a los pececillos. Hasta que un ronquido molesto te distrae de nuevo y la tableta grita para perturbar su sueño. Odias de nuevo a tu paradoja genitora, mala madre que te atormenta a ti, su hijo. ¿Acabará algún día? Vocame cum benedictis, ¡no! Ahora que lo sabes, todo será confutatis maledictis. Día de la ira en que todo se reducirá a cenizas, en que las flamas del averno proclamarán la maldad de esta molicie.

Peores ingenuos los que quisieron refugiarse en el mejor de los mundos posibles. Ciegos y sordos que debieron enmudecer y callar sus blasfemas mentiras, visiones histéricas de un atormentado. Poco basta para refutarlas, porque has visto en ti a la miseria humana. Volteando a tu interior lo que hallaste fue un vacío, y nada más que un abismo que te observó impertérrito. Estaba lleno del mundo, de conversaciones perdidas y carcajadas eufóricas, de visiones grotescas y aromas seductores. Pero debajo no había nada. Ni concupiscencia ni espíritu moral. Solo el abismo. Seres abismales somos los seres humanos, agujerados para estar llenos y supurar después. Y la muerte nos vuelve a vaciar y nos hace uno con los abismos de la nada.