Eñe

Περἰ ἀναισχυντίας

Despertó de nuevo con aquella flema reseca en el cogote, un demonio aferrado a media garganta, mordiéndole la tráquea por dentro toda la noche hasta que la escupe en el escusado. En el agua flota un bodrio ensangrentado, de color amarillento, venas negras y escarlata, el vástago de sus revolcadas húmedas con demonios nocturnos que el sol reseca cada mañana. 

El perro duerme, siempre duerme, y las páginas vacías, siempre vacías. El sol se mete con insufrible tenacidad por los resquicios de las ventanas, despertando al polvo de su sueño lánguido. Maldito el sol y su sonrisa chismosa, maldita su luz que esconde a la luna, esa luna fría y húmeda que se ocupa de lo suyo y nada más. Era su única amiga. Eñe y la luna, con su semblante cetrino, la única capaz de responder su silencio con uno aun más indiferente. 

Bajo el sol no hay libertad. Nihil novum sub sole, porque el sol todo lo ha visto con su mirada ingrata, que todo lo escudriña sin invitación y sin vergüenza. Eñe y el sol, su enemigo más entusiasta, sol invictus. Mientras exista el sol sus páginas se quedarán vacías, secretas, la única victoria posible frente aquella estrella que todo lo desvela. 

Es en el crepúsculo, cuando muere la luz y el sol se retira a acosar otros mundos, es ahí cuando Eñe adivina una palabra, solo una, la que podría por fin rasgar con su plumilla sobre el papel amarillo que lo espera. Es siempre la misma. Llega cuando el último destello naranja del enemigo agoniza en el horizonte. Eñe se sienta y el polvo lo abraza con reposo. El frasco de tinta contiene mundos y promesas. La plumilla brilla con un destello lunar que entra tímido por la ventana. Son la luna y Saturno que lo invitan a dialogar en silencio, como cada noche, como todas las noches. 

La palabra se disuelve en su memoria. No volverá hasta el crepúsculo, para morir de nuevo con la luna y Saturno. 

Despertó de nuevo con aquella flema reseca en el cogote… 

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