
Las manos brillan al reflejo de la pantalla blanca, manos de un ceño fruncido y unos dientes apretados. Pensamientos vagos y volátiles que van y vienen como peces diminutos en un recipiente demasiado pequeño. Conversaciones que retumban en los oídos y que se pierden en el tiempo y la memoria, que alimentan a los pececillos y los vuelven locos de furor. Anhelan el silencio, anhelan la belleza. Pero ¿qué es eso? Los pececillos tienen cerebros insignificantes y no conocen lo que están destinados a nunca alcanzar. Belleza, silencio, soplos de voz que nadie nunca ha conocido como Dios los conoce. ¿Habría belleza sin los pececillos que la desean? ¿Habría silencio sin las conversaciones molestas?
Ingenuos vecinos, hablando de amor y quimeras semejantes. Un pie que empuja tu espalda y un rostro moreno que nunca quisiste ver te confirman que esto es absurdo. Es aquí donde realmente sabes que la existencia nunca ha tenido sentido alguno. Una tableta brillante que prorrumpe a carcajadas y los ojos del moreno que se arrugan al reír. Lo desprecias desde el fondo de tu ser porque no es como tú, porque no puede ser como tú, porque no quieres que sea como tú. Maldito estás por lo que sea que te diseñó. Fue la paradoja más torcida, la más triste y lastimosa la que te ha engendrado. Vástago lastimero de un ente despreciable, te ves ahora en tu mezquina realidad. Pero aceptarlo te da la seguridad que siempre anhelaste, saberlo es el alimento que por fin calma a los pececillos. Hasta que un ronquido molesto te distrae de nuevo y la tableta grita para perturbar su sueño. Odias de nuevo a tu paradoja genitora, mala madre que te atormenta a ti, su hijo. ¿Acabará algún día? Vocame cum benedictis, ¡no! Ahora que lo sabes, todo será confutatis maledictis. Día de la ira en que todo se reducirá a cenizas, en que las flamas del averno proclamarán la maldad de esta molicie.
Peores ingenuos los que quisieron refugiarse en el mejor de los mundos posibles. Ciegos y sordos que debieron enmudecer y callar sus blasfemas mentiras, visiones histéricas de un atormentado. Poco basta para refutarlas, porque has visto en ti a la miseria humana. Volteando a tu interior lo que hallaste fue un vacío, y nada más que un abismo que te observó impertérrito. Estaba lleno del mundo, de conversaciones perdidas y carcajadas eufóricas, de visiones grotescas y aromas seductores. Pero debajo no había nada. Ni concupiscencia ni espíritu moral. Solo el abismo. Seres abismales somos los seres humanos, agujerados para estar llenos y supurar después. Y la muerte nos vuelve a vaciar y nos hace uno con los abismos de la nada.
